Aún seguía sin creerse que esto era realidad.
Su amor anónimo le había regalado algo que ella siempre había querido pero que por culpa del azar nunca lo había obtenido. Le había regalado el vestido con el cual todas la mañanas ella soñaba al pasar por aquel escaparate cerca de su loft en el cual trabajada. Le había regalado el vestido de Prada que tanto había deseado, aquel que le hacía ponerse la piel de gallina, aquel que atraía todas las miradas pero aquel que solo unos pocos podría tener.
Lo que más le sorprendió de aquel regalo no fue el vestido en sí, sino que el cómo él había averiguado que ella lo quería con tantas ganas, el cómo había acertado con todos los regalos, el cómo podía ser tan parecido al "chico de los pantalones casi perfectos", al chico de sus sueños.
Alice no cabía de alegría, se sentía la mujer más afortunada del mundo pero a la vez la mujer más frustrada ya que había encontrado al chico perfecto pero no quería que ella lo descubriese.
Pasaron los días, cada uno más largo que el anterior. No tuvo más evidencias de su "chico".
Pasaron semanas y él no volvió a contactar con ella. Durante dos larguísimas semanas Alice no tuvo muestra alguna de la existencia de él. Dos semanas larguísimas hasta que un buen día, tras que Alice empezara a olvidarse del chico y de todo lo ocurrido, y a centrarse más en su trabajo, una carta apareció en el buzón.
Era una carta anónima. En la portada de la carta parecía haber algo escrito pero estaba como borrado, algo confuso.
Alice abrió la carta. En ella se decía:
Mañana. A las 8.00. En el restaurante del Rockfeller Center. Lleva aquel vestido de Prada que te regalé. Estaré esperándote.
¿Significaría esto el principio de algo más especial? ¿Por fin Alice realizaría su sueño de conocer el chico del cual estaba "perdidamente enamorada"? Todo en este camino del amor puede suceder. Incluso las cosas más impensables puede convertirse en realidad, o no.


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